Un trabajo conjunto del INTA, el Conicet y la UNMdP demostró que el uso de hongos y bacterias nativas permite reducir drásticamente el impacto de esta plaga en cultivos hortícolas, promoviendo una producción más sostenible.
Los nematodos se han consolidado como una de las amenazas más críticas para la horticultura bonaerense, actuando muchas veces de manera silenciosa hasta que el daño en las plantas se vuelve irreversible. Estos microorganismos habitan en el suelo, infestan las raíces y forman agallas que impiden la absorción de nutrientes, un problema que a nivel global reduce la producción agrícola entre un 12 y un 20 %. Ante este escenario, un equipo de especialistas del INTA Balcarce, el Conicet y la Facultad de Ciencias Agrarias (UNMdP) desarrolló un estudio para evaluar cómo el uso de agentes biológicos nativos puede frenar el avance de estos parásitos sin recurrir masivamente a químicos.
El eje de la investigación se centró en la microbiota benéfica del suelo. Según explicó Eduardo Mondino, del INTA Balcarce, la implementación de estos agentes biológicos es fundamental en sistemas intensivos, donde la presión de las plagas es alta, ya que permiten mejorar la salud del suelo a largo plazo y reducir la dependencia de insumos químicos. El trabajo analizó específicamente el rol de los hongos del género Trichoderma y las micorrizas arbusculares frente al nematodo Meloidogyne javanica, una de las especies más agresivas. Los resultados fueron contundentes: en condiciones de laboratorio, estos organismos redujeron hasta un 22 % la eclosión de los huevos del parásito.

Al trasladar la experiencia a semillas de tomate, el equipo observó que la inoculación, ya sea de forma individual o combinada, generó una disminución drástica en la formación de agallas y masas de huevos en las raíces. Un hallazgo destacable fue que la doble inoculación permitió conservar la diversidad de hongos micorrícicos, un equilibrio biológico que suele perderse cuando el nematodo ataca la planta.
En paralelo, el estudio validó el potencial de bacterias nativas de los géneros Pseudomonas y Bacillus, reconocidas por estimular el crecimiento de los vegetales y activar sus defensas naturales. En ensayos realizados sobre lechuga y tomate, estas cepas lograron limitar la supervivencia de las larvas y frenaron la infestación, lo que se tradujo en raíces mucho más sanas y funcionales.
No obstante, los especialistas advierten que este avance no debe entenderse como una solución mágica y aislada. Para que la estrategia sea efectiva, los investigadores subrayan que debe integrarse en un modelo que combine rotación de cultivos, selección de lotes libres de patógenos, uso de enmiendas orgánicas y elección de variedades resistentes. Este enfoque integral representa un paso concreto hacia un sistema productivo más competitivo y con un menor impacto ambiental.


