Con perfiles de suelo que muestran entre el 80 y el 100% de agua útil disponible en la mayoría de las zonas agrícolas del país, Fertilizar Asociación Civil advirtió que la campaña fina 2026 presenta condiciones excepcionales para el trigo y la cebada, pero que el verdadero diferencial estará en el manejo nutricional.
Así lo plantearon los representantes de la entidad durante una reunión de prensa realizada en Buenos Aires, donde María Fernanda González Sanjuan y Roberto Rotondaro, gerente ejecutiva y presidente de Fertilizar AC respectivamente, abrieron el encuentro con un diagnóstico claro: cuando el agua deja de ser el factor limitante, la nutrición ocupa el centro de la escena.
Rotondaro, por su parte, señaló que el contexto internacional también condiciona las decisiones del sector. La tensión geopolítica derivada del conflicto entre Estados Unidos e Israel con Irán afecta el mercado de combustibles y fertilizantes, y obliga a monitorear de cerca la evolución de los precios de los commodities. Aun así, el titular de la entidad ofreció un dato tranquilizador y planteó que aunque Argentina importa cerca del 70% de los fertilizantes que consume, el abastecimiento para la siembra fina está asegurado gracias a la disponibilidad en plantas y al material que ya se encuentra en camino.
La paradoja de esta campaña es que las mismas condiciones que generan optimismo también crean un riesgo silencioso. Las elevadas precipitaciones de los últimos meses, combinadas con cosechas récord de trigo y maíz, favorecieron procesos de lixiviación y una mayor extracción de nutrientes, profundizando el balance negativo de los suelos y dejando reservas nutricionalmente deterioradas.
Desde Fertilizar AC remarcaron que las deficiencias nutricionales limitarán el crecimiento, la generación de biomasa y la formación de granos, desaprovechando el potencial que ofrece la campaña. Por eso, insistieron en la necesidad de realizar análisis de suelo para contar con diagnósticos precisos que permitan cerrar brechas productivas y mejorar la eficiencia económica.
Sin embargo, su adopción sigue siendo baja: según el relevamiento del Retaa para la campaña 2023/24, apenas el 25% de los productores trigueros realiza ese análisis. «Existe una gran oportunidad de mejora en la adopción de herramientas de diagnóstico que permitan reducir riesgos, optimizar recursos y aumentar la productividad de manera sustentable», señaló Esteban Ciarlo, coordinador técnico de la entidad.
Ciarlo fue contundente al mostrar el impacto económico de fertilizar bien. Para un lote con rendimiento esperado de 3.000 kg/ha sin fertilizar y un potencial de 5.000 kg/ha con nitrógeno, la diferencia entre medir y aplicar frente a no hacerlo alcanza los 220 dólares por hectárea. El costo del análisis de suelo, en tanto, ronda apenas los 5 dólares por hectárea. «No reviste discusión el costo del análisis», afirmó.
La relación insumo-producto también acompaña, pese al encarecimiento de los insumos. Actualmente se necesitan 8,9 kg de trigo para comprar 1 kg de nitrógeno, contra 6,3 kg previos al conflicto internacional, pero cada kilo aplicado genera en promedio 20 kg de grano. En fósforo, la relación es de 20 kg de trigo por kilo de nutriente, con una respuesta media de 50 kg de grano, más del doble del costo del insumo.
Con un precio de trigo de 230 dólares por tonelada y urea en torno a 940 dólares, pasar de dosis promedio a dosis optimizadas puede representar un incremento del margen bruto del orden del 25%, según la zona productiva. «En un contexto de costos fijos elevados, es importante analizar la fertilización como la inversión estratégica que garantiza el retorno económico y hace viable la siembra de trigo y cebada en 2026», remarcó Ciarlo.
Pablo Prystupa, de la Facultad de Agronomía de la UBA, abordó las particularidades de la nutrición en cebada y los desafíos que plantea fertilizar un cultivo cuyo destino define el objetivo productivo.


