Betsabé Páez volvió a la máxima competencia después de atravesar seis años marcados por una grave lesión, ocho cirugías, una infección hospitalaria y el riesgo de perder su pierna izquierda. A los 33 años, la atleta de Crespo alcanzó la mejor marca de su carrera y se clasificó para disputar este viernes la prueba de salto en alto de los Juegos Suramericanos Santa Fe 2026.
El regreso tuvo un significado especial porque se produjo cuando la entrerriana buscaba realizar una última competencia antes de despedirse del alto rendimiento. Sin embargo, el salto de 1,86 metros modificó sus planes y la colocó nuevamente entre las principales representantes argentinas de la disciplina.
“Honestamente, esto es un milagro”, reconoció Páez al reconstruir el difícil proceso que atravesó desde comienzos de 2020.
La pesadilla empezó cuando decidió competir en el Campeonato Sudamericano de pista cubierta para buscar la clasificación a los Juegos Olímpicos de Tokio. Una lesión previa en el tobillo derivó en la rotura de ligamentos de la pierna izquierda.
La atleta fue operada el 20 de mayo de 2020, en medio de las restricciones por la pandemia de coronavirus. Con el Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo cerrado, tuvo que realizar la rehabilitación mediante videollamadas y permaneció sola en un departamento, sin que sus padres pudieran viajar para acompañarla.
Un mes después regresó a Entre Ríos, pero la rodilla continuaba con fuertes dolores y prácticamente no podía flexionarla. Ante la falta de mejoría, viajó a Rosario y fue sometida a una segunda intervención.
Los problemas continuaron. Los médicos detectaron posteriormente un elemento metálico debajo de la rótula y realizaron una tercera cirugía para retirarlo. Tras esa intervención contrajo una bacteria hospitalaria y sufrió una septicemia que puso en riesgo su vida.

Páez permaneció inicialmente internada en un sanatorio privado, cuyos gastos fueron afrontados por su familia. Sus amigos también organizaron ventas de pizzas para colaborar, pero los costos se volvieron imposibles de sostener y debió ser trasladada al Hospital Eva Perón de Granadero Baigorria.
Allí permaneció internada durante un mes. “Estaba devastada, totalmente débil, no daba más. Tenía los brazos y las venas colapsadas de tantos pinchazos y cirugías. La parte emocional fue durísima”, cuenta Betsa a La Nación. El tratamiento no lograba controlar la infección y los profesionales le plantearon por primera vez la posibilidad de amputar la pierna.
Aunque recibió el alta y regresó a la casa de su madre, a los pocos días la infección volvió a manifestarse. Una nueva consulta médica derivó en otro diagnóstico crítico y otra advertencia sobre la posibilidad de una amputación.
Sin obra social y ante la complejidad del cuadro, fue internada en el Hospital San Martín de Paraná. Durante los tres meses que permaneció allí fue sometida a sucesivas intervenciones de limpieza quirúrgica y tratamientos con antibióticos.
La atleta relató a La Nación que fue alojada en un sector improvisado del subsuelo y cuestionó las condiciones sanitarias y asistenciales que encontró. También aseguró que sufrió errores en la administración de medicamentos. “Las condiciones eran indignas, entraban perros y gatos que se sentaban en las gasas que después nos ponían. Todo era traumático. Al lado tuve a una mujer enferma terminal a la que ni limpiaban, ella me pedía ayuda a mí llorando y yo como podía trataba de ayudarla. Llegaron a equivocarse y a ponerme a mí su quimioterapia y a ella mi antibiótico. Por eso digo que nos trataban como animales. Unos días antes de morir, ella gritaba que la ayudasen, que morir así era indigno. Una vez me desperté con la cama llena de hormigas y otra me clavé una aguja en la madrugada, que se ve que se le cayó a una enfermera. Imaginate yo, con infección”, contó.
El deterioro físico estuvo acompañado por una profunda crisis emocional. Páez recordó que sentía que había sido abandonada por quienes debían respaldarla como atleta de alto rendimiento y que llegó a perder la voluntad de continuar.
“Les dije a mis papás que me quería morir”, confesó sobre el momento más crítico de la internación. «Estaba tan depresiva con la situación que les dije a mis papás que me quería morir, que se me apague la conciencia. No podía soportar haber sido una atleta, haber hecho deporte toda mi vida, un deporte que amaba y estar viviendo esa situación. Sentía que no servía para nada, que era descartable y a nadie le importaba. Estaba mi familia, mis amigos, mi entrenador, pero a nivel dirigencial me soltaron la mano. Después, también el municipio me empezó a ayudar, pero yo ya había atravesado el proceso nefasto de estar tirada en un hospital”, relató.
La familia consiguió que se realizara una nueva cirugía de limpieza y la deportista volvió a su casa para continuar el tratamiento con antibióticos. Su cuerpo comenzó finalmente a responder, pero la recuperación emocional demandó mucho más tiempo.
Durante seis meses evitó salir de su vivienda y atravesó un nuevo cuadro depresivo. No era la primera vez que sufría una situación de esas características: a los 17 años, una lesión lumbar también la había alejado del atletismo y provocado una severa crisis.

El regreso al deporte
Después de aquel primer alejamiento, Páez estudió Educación Física y posteriormente decidió regresar a las pistas. Aunque recibió advertencias de que ya no podría recuperar su nivel, comenzó a entrenarse sola hasta volver a obtener marcas competitivas.
Ese recorrido se interrumpió con la lesión de 2020 y el prolongado proceso médico posterior. Sin embargo, seis años después volvió a tomar carrera, enfrentar el listón y reencontrarse con la disciplina que había marcado su vida.
Un día, mientras estaba tirada comiendo bizcochitos y fumando, malos hábitos que había hecho propios, empezaron a escribirle para contarle que el periodista Gonzalo Bonadeo estaba haciendo una transmisión de atletismo y había nombrado a Crespo, su ciudad, y mencionado a “Betsabé Paéz”. Se miró y se dio vergüenza. Pero sintió el clic: “Me pregunté qué carajo estaba haciendo así. Me había olvidado de toda esa historia. Lo que él dijo me hizo recordar que había hecho algo bueno en el deporte y que servía. Recordé mi identidad estando perdida, fuera de foco”, dijo a La Nación.
Cuando decidió darse una última oportunidad antes de cerrar su trayectoria deportiva, consiguió saltar 1,86 metros, el mejor registro de su carrera. La marca le permitió integrar el seleccionado argentino y clasificarse para los Juegos Suramericanos.
Este viernes, a las 18, Betsabé Páez volverá a representar al país en una competencia internacional. Más allá del resultado, su presencia significará la culminación de una recuperación que incluyó ocho cirugías, años de rehabilitación y una lucha física y emocional para regresar al alto rendimiento.


